Jorge Marsá

No viven peor

Claude Marsá

Lo declaman como si fuera una estadística: “Es la primera generación que vivirá peor que sus padres”. Resulta falso en casi toda Europa si comparamos a los treintañeros de hoy con sus padres a los treinta.

Un europeo vive hoy ocho o nueve años más que en 1980, está mejor formado y paga casi todo más barato medido como hay que medirlo: en horas de trabajo. Además, mucho de lo que mejora su vida ni siquiera sale en las estadísticas de la renta: la música, el cine, los mapas, las herramientas de creación o las videollamadas que lleva en el bolsillo son casi gratis. Y vive su vida con una libertad que sus padres no tuvieron.

También gana más. Según Robert Manduca (2024), en Noruega, Suecia, Reino Unido o Países Bajos entre el 65% y el 80% de los hijos supera a sus padres en renta a los treinta años. Con datos de la OCDE para 32 países ricos, los millennials solo ganan menos que sus predecesores a la misma edad en Italia, Grecia y Japón. Cierto que el ascensor sube más despacio, pero sube. Seguimos progresando. En casi todo. Porque hay un piso donde el ascensor ha descendido: la vivienda. Una casa es hoy bastante más cara para los hijos de lo que lo fue para los padres.

Claro que no en todos los sitios ocurre lo mismo: el norte de Europa lo lleva bastante mejor que el sur. Allí el Estado del bienestar también incluye a los jóvenes; en el sur, en cambio, se protege a los que ya están dentro a costa de los que llegan. Aquí los protegidos son los pensionistas, los funcionarios, los trabajadores indefinidos con antigüedad, los inquilinos con contrato, los propietarios…

No, los jóvenes no viven peor que sus padres. El problema real es la vivienda, para quien no la tiene, y, en el sur, unas instituciones y una clase política que acostumbran a dar prioridad a los derechos adquiridos de los ya instalados.