Jorge Marsá

Hinchas de la política

Claude Marsá

Abre uno el periódico estos días y se encuentra la estampa de una minoría que se moviliza por todos, por nuestro bien común. Y su contrapartida: la mayoría pasiva que se solaza con el móvil, las series o el fútbol.

Anthony Downs ya nos explicó, hace casi setenta años, ese desinterés de la mayoría: informarse cuesta, y un voto individual casi nunca decide nada. Quien dedica la tarde a sus nietos o a una novela no está desertando, está poniendo su atención donde puede tener efecto.

¿Qué hace la minoría consciente con su tiempo libre? El politólogo Eitan Hersh nos contó que leer la actualidad con avidez, indignarse en las redes o compartir el último escándalo puede ocupar mucho tiempo y proporcionar identidad, pero cambiar, lo que se dice cambiar, no cambia nada ni a nadie. Lo llamó la política como afición: como ser de un equipo de fútbol. Unos y otros, pues, ocupan su ocio; solo cambia el producto.

Esa minoría, además, se parece poco a quienes dice representar: está más ideologizada e interesada que la media, y al deliberar siempre entre afines se radicaliza (Cass Sunstein). Pesa más de lo que su tamaño justifica, porque el intransigente y más ruidoso se impone al flexible y silencioso (Nassim Taleb).

En fin, que a las instituciones y a la prensa, al contrario de lo que nos cuentan, no llega la voluntad del pueblo filtrada por sus mejores ciudadanos, sino la de los más intensos, esos elegidos que están seguros de saber lo que nos conviene.